Capítulo 16: La Boda Siniestra
En Estepa, los preparativos para la boda del Capitán Urdiales y Patro avanzaban a un ritmo febril. Urdiales, cojeando visiblemente pero con el pecho henchido de orgullo, supervisaba personalmente cada detalle. Quería una boda por todo lo alto, una demostración de su poder y de su victoria. Las calles se engalanaron con guirnaldas de flores, se encargó un banquete para las personalidades más importantes de la comarca, y la iglesia de Santa María se adornó con los mejores tapices y candelabros de plata.
Para el mundo, era la boda del año. Para Patro, era la antesala del infierno. Vivía recluida en su casa, vigilada día y noche por los hombres del capitán. Su familia, aliviada por la liberación del padre y por la seguridad económica que el matrimonio les prometía, participaba en los preparativos con una alegría forzada que a Patro le revolvía el estómago. Se sentía como una prisionera en su propia casa, una víctima sacrificial en un altar de hipocresía.
Cada prueba del vestido de novia, un suntuoso traje de seda blanca que Urdiales le había regalado, era una tortura. Cada visita del capitán, con sus sonrisas untuosas y sus caricias que le erizaban la piel, era un suplicio. Se movía como una autómata, con la mirada vacía y el alma muerta. Había cumplido su parte del pacto, había salvado a Antonio, pero el precio era su propia aniquilación.
Sin embargo, en lo más profundo de su ser, en un rincón que se negaba a morir, ardía una pequeña llama de esperanza. Una esperanza irracional, ilógica, que se aferraba a la idea de que Antonio no se había creído su carta. Que él, que la conocía mejor que nadie, habría adivinado la verdad detrás de sus palabras. Que vendría a rescatarla. Se aferraba a ese pensamiento como a un clavo ardiendo, porque era lo único que la mantenía con vida.
Una noche, mientras se probaba el velo de novia frente a un espejo que le devolvía la imagen de una extraña, una mujer pálida y de ojos tristes que no reconocía, su madre entró en la habitación.
—Estás preciosa, hija —dijo, con la voz quebrada por una emoción que Patro no supo descifrar.
—Soy la novia más desgraciada del mundo, madre —respondió ella, con una amargura infinita.
Su madre se acercó y la abrazó por la espalda. Y entonces, en un susurro apenas audible, le dijo las palabras que lo cambiaron todo.
—No toda la esperanza está perdida. "El Vivillo" ha estado aquí.
Patro se giró bruscamente, su corazón latiendo con una fuerza renovada. "El Vivillo", el más joven y astuto de los hombres de Antonio.
—¿Qué quería? ¿Qué te ha dicho?
—Vino disfrazado de vendedor de telas. Me ha dado esto para ti —dijo su madre, y de entre los pliegues de su falda sacó un pequeño trozo de papel doblado.
Patro lo abrió con manos temblorosas. La nota, escrita con una letra torpe pero clara, contenía solo tres palabras:
"Confía en nosotros."
No había firma, pero no era necesaria. Era un mensaje de Antonio. Un mensaje que le decía que no la había abandonado, que no se había creído su traición, que estaba luchando por ella. La llama de la esperanza, que había estado a punto de extinguirse, se convirtió en un incendio. Antonio vendría a por ella. No sabía cómo ni cuándo, pero vendría.
A partir de ese momento, la actitud de Patro cambió. La autómata sumisa desapareció, y en su lugar resurgió la mujer fuerte y decidida que siempre había sido. Siguió participando en los preparativos de la boda, pero ahora con un propósito oculto. Se convirtió en una espía en su propia boda, observando cada movimiento, cada detalle, buscando una debilidad en la fortaleza de Urdiales, una grieta por la que sus rescatadores pudieran colarse.
Fingió una docilidad y una sumisión que engañaron por completo al capitán. Le sonreía, asentía a sus planes, incluso le pidió un favor: que el día de la boda, las puertas de la iglesia estuvieran abiertas de par en par, para que todo el pueblo pudiera ser testigo de su felicidad. Urdiales, halagado en su vanidad, accedió sin dudarlo. No podía imaginar que con esa decisión, estaba abriendo las puertas a su propia perdición.
La boda siniestra se acercaba. Pero ahora, en el corazón de la novia, ya no había resignación, sino una fe inquebrantable. La fe en el hombre que la amaba, la fe en que el amor, incluso en las circunstancias más desesperadas, siempre encuentra un camino.