Capítulo 15: El Corazón Roto de un Bandolero
La sierra, que siempre había sido su refugio, se convirtió para Antonio en una celda de tortura. Cada árbol, cada roca, cada arroyo, le recordaba a Patro. El murmullo del viento entre los pinos le traía el eco de su risa. El aroma de las flores silvestres le evocaba el perfume de su piel. El dolor de la traición era una herida abierta que supuraba veneno, un veneno que le consumía el alma y lo sumía en una apatía profunda y peligrosa.
Se pasaba los días tumbado en un jergón de paja en el rincón más oscuro de la cueva, con la mirada perdida en el techo de roca. Se negaba a comer, a hablar, a ver a nadie. El fuego que antes ardía en sus ojos, el fuego de la rebeldía y la justicia, se había extinguido, dejando en su lugar unas brasas de amargura y desesperación. Sus hombres, preocupados, intentaban animarlo, pero sus palabras rebotaban contra el muro de silencio que Antonio había levantado a su alrededor.
—Jefe, tiene que comer algo —le decía "El Vivillo", acercándole un cuenco de guiso caliente—. Se va a consumir.
Antonio apartaba el cuenco con un gesto de hastío. El hambre física no era nada comparada con el vacío que sentía en el estómago, un vacío que ninguna comida podía llenar.
"El Pernales", en su torpe intento de sacarlo de su letargo, le hablaba de nuevos planes, de asaltos a terratenientes, de venganzas contra la Guardia Civil. Pero a Antonio ya no le importaba. La lucha había perdido su sentido. ¿De qué servía robar a los ricos para dárselo a los pobres si la única riqueza que él anhelaba, el amor de Patro, le había sido arrebatada de la manera más cruel?
Fue Gertrudis, su esposa, la única que se atrevió a enfrentarse a su dolor con una dureza inesperada. Una noche, harta de verlo autodestruirse, se sentó a su lado en el jergón y lo obligó a mirarla a los ojos.
—¿Hasta cuándo vas a seguir así, Antonio? —le dijo, su voz, normalmente sumisa, cargada de una fuerza nueva—. ¿Vas a dejar que esa mujer te destruya? ¿Vas a tirar por la borda todo por lo que has luchado?
—Tú no lo entiendes, Gertrudis —masculló él—. Tú no sabes lo que es amar a alguien y que te traicione de esa manera.
Gertrudis soltó una risa amarga, una risa que resonó en la cueva como el crujido de algo que se rompe.
—¿Que no lo entiendo? —replicó, y en sus ojos había un dolor antiguo, un dolor que Antonio nunca había querido ver—. Llevo años amando a un hombre que no me ama. Llevo años esperando a un hombre que, cuando vuelve a mi lado, trae en sus ojos el recuerdo de otra. Llevo años sabiendo que tu corazón no me pertenece, y aun así, he seguido aquí, a tu lado, en esta cueva miserable, porque te hice una promesa. Si alguien sabe de traiciones y de corazones rotos, Antonio, esa soy yo.
Sus palabras, como un bofetón de agua fría, sacudieron a Antonio de su letargo. Por primera vez en mucho tiempo, vio a Gertrudis. No a la sombra silenciosa que se movía por la cueva, sino a la mujer que había sacrificado su vida por él, a la mujer cuyo dolor había ignorado por egoísmo. Y sintió una punzada de vergüenza.
—Pero mi dolor no me ha convertido en una sombra —continuó ella, su voz ahora más suave, casi tierna—. No me ha impedido seguir adelante, cuidar de ti, cuidar de tus hombres. El dolor, Antonio, o te hunde o te hace más fuerte. Y tú no eres un hombre débil. Eres "el Tobero", el bandolero que desafía a los poderosos, el héroe de los desheredados. Esa mujer te ha roto el corazón, sí. Pero no puedes dejar que te rompa el alma.
Gertrudis se levantó y le tendió la mano.
—Levántate, Antonio. Levántate y lucha. No por mí, no por tus hombres. Lucha por ti. Lucha por el hombre que eras antes de que ella te robara el corazón. Lucha para que su traición no sea tu tumba.
Antonio miró la mano de su esposa, una mano pequeña y encallecida por el trabajo. Y en esa mano, vio una fuerza y una lealtad que había despreciado durante demasiado tiempo. Se aferró a ella como un náufrago a una tabla de salvación, y se puso en pie. El dolor seguía ahí, un clavo ardiendo en su pecho. Pero por primera vez desde que había leído la carta de Patro, sintió que quizás, solo quizás, podría sobrevivir a él. El corazón del bandolero estaba roto, sí. Pero los pedazos, gracias a la mujer a la que había olvidado, empezaban a buscar la manera de unirse de nuevo. No para amar, quizás nunca más. Pero sí para luchar.