# Capítulo 14: La Fuga de Medianoche

La noche del traslado era oscura y sin luna, un manto negro que parecía cómplice del engaño que estaba a punto de perpetrarse. Antonio, magullado y con el hombro vendado, fue sacado de su celda y subido a un carromato de prisioneros. La escolta, tal como Urdiales había prometido, era ridículamente pequeña: apenas cuatro guardias, dos a caballo y dos conduciendo el carro. El aire de la noche, frío y cortante, le devolvió a Antonio una parte de la lucidez que había perdido entre el dolor de sus heridas y la fiebre.

El carromato avanzaba con una lentitud exasperante por el camino que serpenteaba hacia el desfiladero de los Gaitanes, un tajo profundo y siniestro excavado por el río en la roca viva. Era el lugar perfecto para una emboscada. Antonio, a pesar de la confusión y el dolor, sintió que algo no encajaba. La seguridad era demasiado laxa, el trayecto demasiado predecible. Urdiales no era un hombre que cometiera errores tan burdos. A menos que quisiera que escapara.

La idea, al principio descabellada, fue tomando forma en su mente. ¿Y si todo era una trampa, pero una trampa diferente a la que él imaginaba? ¿Y si Urdiales lo estaba utilizando para algún fin que no lograba comprender? Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el sonido de un disparo, seguido de un grito. La emboscada.

Tal como estaba previsto, "El Pernales", "El Vivillo" y el resto de la partida cayeron sobre la escolta con la furia de un vendaval. El combate fue breve y desigual. Los guardias, superados en número y en arrojo, apenas opusieron resistencia. Dos de ellos cayeron muertos, y los otros dos huyeron despavoridos, tal como, sin saberlo, les había ordenado implícitamente su capitán.

"El Vivillo" forzó la cerradura del carromato y ayudó a Antonio a bajar. Sus hombres lo rodearon, celebrando el rescate con gritos de júbilo. Pero Antonio no compartía su alegría. La facilidad de la fuga, la falta de oposición, confirmaban sus sospechas. Había algo oscuro y retorcido detrás de todo aquello.

—¡Vámonos, jefe! —le urgió "El Pernales", mientras le ofrecía un caballo—. ¡Hay que perderse en la sierra antes de que Urdiales envíe refuerzos!

—No habrá refuerzos —dijo Antonio, su voz grave y cargada de un mal presentimiento—. Urdiales quería que escapara.

Sus hombres lo miraron sin comprender. Fue entonces cuando "El Vivillo" se acercó a él, con una carta en la mano.

—Esto... esto es para usted, jefe. Nos lo dio un niño en Estepa. Dijo que era de parte de Patro.

Antonio tomó la carta con manos temblorosas. El sobre estaba perfumado con la misma fragancia a lavanda que usaba Patro. Su corazón dio un vuelco. Rompió el sello y, a la luz de una antorcha, leyó las palabras que acabarían por romperle el alma.

"Antonio,"

"Si estás leyendo esta carta, es que estás libre. Y yo, por fin, también. He llegado a un acuerdo con el Capitán Urdiales. Un acuerdo que nos beneficia a todos. Él me ofrece una vida de seguridad, de respeto, una vida que tú, con tu locura de bandolero, nunca podrías darme. A cambio, yo le he ofrecido mi lealtad. Y mi mano en matrimonio."

"No intentes buscarme. No intentes vengarte. Nuestro tiempo ha pasado. Lo que hubo entre nosotros fue un sueño, una locura de verano. Pero el invierno ha llegado, y es hora de despertar. Sé feliz, si puedes. Yo lo seré."

"Patro."

La carta cayó de sus manos. Las palabras, escritas con una caligrafía firme y decidida, eran como puñales de hielo que se le clavaban en el corazón. No podía ser. No podía ser que la mujer por la que había arriesgado su vida, la mujer que le había jurado amor eterno, lo hubiera traicionado de una manera tan cruel. Buscó en la carta un doble sentido, una clave oculta, una señal de que todo era una mentira. Pero no la encontró. La frialdad de las palabras era inequívoca.

El dolor fue tan intenso que lo dobló por la mitad. Un grito sordo, un grito de animal herido, brotó de su garganta. Sus hombres lo rodearon, preocupados, sin entender la causa de aquel sufrimiento tan profundo. "El Pernales" recogió la carta y la leyó. Su rostro se contrajo en una mueca de rabia.

—Esa mujer... ¡es una víbora! —rugió—. ¡La mataré! ¡Juro que la mataré!

—No —lo detuvo Antonio, su voz rota pero firme—. Déjala. Si eso es lo que quiere, que lo tenga. Que se case con él. Que se pudra en su jaula de oro.

Se subió al caballo con la ayuda de "El Vivillo". Su cuerpo estaba magullado, su hombro sangraba, pero el dolor físico no era nada comparado con el que sentía en el alma. Miró por última vez en dirección a Estepa, el pueblo que había sido su hogar, el escenario de su amor y de su traición. Y luego, espoleó a su caballo y se adentró en la noche, en la oscuridad de la sierra, seguido por sus hombres. La fuga de medianoche le había devuelto la libertad, pero le había arrebatado el corazón. El corazón roto de un bandolero que ya no tenía nada por lo que luchar, nada por lo que vivir.

La historia continúa...