Capítulo 13: El Pacto del Diablo

La noticia de la captura de Antonio corrió por la comarca como un reguero de pólvora. Para los señoritos y terratenientes, fue motivo de celebración. Para los pobres y desheredados, fue un golpe de desesperanza. Para Patro, fue como si el mundo se hubiera derrumbado a sus pies. A pesar de la liberación de su padre, un hombre roto y envejecido por los días en la mazmorra, la angustia se apoderó de ella. Sabía que la vida de Antonio pendía de un hilo, que Urdiales, herido en su orgullo y en su pierna, no descansaría hasta verlo muerto.

Desesperada, y en contra del consejo de los hombres de Antonio, que la habían puesto a salvo en un cortijo abandonado en las profundidades de la sierra, Patro tomó una decisión que sellaría su destino. Se vistió con sus mejores ropas, se arregló el cabello y, con el corazón encogido pero la cabeza alta, se dirigió al cuartel de la Guardia Civil en Estepa. Iba a hacer un pacto con el diablo.

El Capitán Urdiales la recibió en su despacho. Estaba sentado detrás de una gran mesa de caoba, con la pierna herida apoyada en un taburete. Su rostro, pálido por el dolor, reflejaba una furia contenida. Al ver a Patro, una chispa de triunfo brilló en sus ojos fríos.

—Vaya, vaya... la paloma viene a ver al halcón —dijo con sorna—. ¿A qué debo el honor de su visita, mi querida Patro? ¿Viene a suplicar por la vida de su amante?

—Vengo a ofrecerle un trato, capitán —respondió ella, su voz firme a pesar del temblor que sacudía su cuerpo.

—¿Otro trato? —rió Urdiales—. El último trato que hice con su amante no salió como esperaba. Me ha costado una bala en la pierna y la humillación de ver cómo mis propios hombres cuestionan mi autoridad.

—Este trato le gustará más —dijo Patro, y las palabras le quemaron en la boca—. Deje escapar a Antonio. Organice una fuga, un traslado, lo que sea. Haga que parezca un accidente, un rescate de sus hombres. A cambio... yo me casaré con usted.

Urdiales la miró, incrédulo. No esperaba aquella oferta. Era más de lo que había soñado. No solo tendría a la mujer que deseaba, sino que además se libraría de su rival sin mancharse las manos de sangre. La idea de Antonio, libre pero sabiendo que la mujer por la que se había sacrificado estaba en sus brazos, era una venganza mucho más dulce que la muerte.

—Es una oferta tentadora —dijo, saboreando su victoria—. Muy tentadora. Pero, ¿cómo puedo estar seguro de que cumplirá su palabra? ¿Y de que su amado bandolero no volverá a por usted?

—Cumpliré mi palabra —aseguró Patro, y en sus ojos había una determinación de acero—. Y Antonio... él no volverá. Yo me encargaré de que no lo haga. Le haré creer que lo he traicionado, que lo he vendido a cambio de mi propia seguridad. Sufrirá, pero la olvidará. Y usted y yo... estaremos en paz.

El plan era monstruoso, una tortura para tres almas. Pero era la única salida. Urdiales, seducido por la perspectiva de poseer a Patro y de infligir a su rival un sufrimiento eterno, aceptó el pacto.

—Está bien —dijo finalmente—. Prepararé el traslado de "el Tobero" a la prisión de Sevilla para mañana por la noche. La escolta será reducida. Un ataque en el desfiladero de los Gaitanes... sería una emboscada perfecta para sus hombres. Y después, mi querida Patro, usted y yo empezaremos a preparar nuestra boda.

Patro asintió, sintiendo cómo el hielo se extendía por sus venas. Salió del cuartel sin mirar atrás, con la sensación de haber vendido su alma. En la calle, el sol brillaba con una intensidad casi insultante. El mundo seguía girando, ajeno a su sacrificio. Había salvado la vida del hombre que amaba, pero a un precio demasiado alto. El precio de su propia felicidad, de su propia vida. El pacto con el diablo estaba sellado.

La historia continúa...