Capítulo 11: La Red del Capitán
La huida por los tejados del cortijo fue una declaración de guerra. Para el Capitán Urdiales, la afrenta no podía ser mayor. No solo se le había escapado su presa más codiciada, "el Tobero", sino que lo había hecho con la mujer que él consideraba de su propiedad. La humillación pública, el eco de las risas burlonas que imaginaba en las tabernas de Estepa, alimentaron su sed de venganza hasta convertirla en una obsesión que nubló por completo su juicio.
Ciego de ira, Urdiales desató una campaña de terror sobre la comarca. Sus hombres, envalentonados por la furia de su capitán, peinaban la sierra con una brutalidad inusitada. Interrogaban a los campesinos, registraban las casas, quemaban las cosechas. Cualquier sospechoso de colaborar con los bandoleros era arrestado, torturado y encarcelado sin juicio. El miedo, un miedo frío y paralizante, se extendió por los campos de Andalucía como una plaga.
Pero la verdadera diana de su ira era la familia de Patro. Urdiales, en un acto de cobardía y malicia sin límites, los convirtió en el cebo de su trampa. Arrestó al padre de Patro, acusándolo de complicidad en la fuga de su hija. Lo encerró en las mazmorras del cuartel de Estepa, un lugar húmedo y oscuro del que pocos salían con vida. A la madre de Patro, la amenazó con el mismo destino si no colaboraba.
La noticia llegó a oídos de Patro a través de un pastor que se atrevió a desafiar el cerco de la Guardia Civil. La culpa la golpeó con la fuerza de un rayo. Su amor, su rebeldía, habían condenado a su familia. Se sentía responsable de su sufrimiento, de la injusticia que se había cebado con ellos. La desesperación la llevó a tomar una decisión suicida: se entregaría a Urdiales a cambio de la libertad de su padre.
Antonio, que la había visto consumirse por la angustia en su refugio de la sierra, intentó disuadirla por todos los medios.
—¡No lo hagas, Patro! —le suplicó, sujetándola por los brazos mientras ella se preparaba para partir—. ¡Es una trampa! Urdiales no cumplirá su palabra. Te quiere a ti, y me quiere a mí. Si te entregas, nos tendrá a los dos.
—No tengo otra opción, Antonio —respondió ella, con la voz quebrada por el llanto—. No puedo vivir sabiendo que mi padre se está pudriendo en una mazmorra por mi culpa. No puedo.
En la mirada de Patro, Antonio vio la misma determinación que lo había enamorado. Supo que no podría detenerla. Pero tampoco podía permitir que se sacrificara por él. Si Urdiales quería una trampa, él le daría una trampa. Pero a su manera.
Reunió a sus hombres y les expuso su plan. Un plan audaz, arriesgado, casi suicida. Pero era la única forma de salvar a Patro y a su familia, y de acabar de una vez por todas con la tiranía del capitán.
—Urdiales quiere un cebo, y se lo vamos a dar —les dijo, su voz resonando en la cueva con una calma que contrastaba con la tormenta que se agitaba en su interior—. Pero no será Patro. Seré yo.
El plan era sencillo en su concepción, pero endiabladamente complejo en su ejecución. Patro enviaría un mensaje a Urdiales, citándolo en la plaza de Estepa al amanecer. Le haría creer que se entregaría a cambio de la libertad de su padre. Pero en lugar de Patro, sería Antonio quien acudiría a la cita. Solo. Desarmado. Una provocación en toda regla, un desafío a la hombría del capitán, una invitación a un duelo que Urdiales, en su arrogancia, no podría rechazar.
Mientras tanto, sus hombres, liderados por "El Pernales" y "El Vivillo", se infiltrarían en el cuartel de Estepa, aprovechando que la mayoría de los guardias estarían en la plaza, y liberarían al padre de Patro. Era un plan con demasiadas variables, demasiados riesgos. Pero en la guerra que Urdiales había desatado, la audacia era la única arma que les quedaba.
La red del capitán estaba tendida. Pero los hilos de esa red, tejidos con la soberbia y la crueldad, eran más frágiles de lo que él creía. Y en el corazón de esa red, el bandolero justo de Estepa se preparaba para asestar el golpe que la haría saltar por los aires.