# Capítulo 10: Al Borde del Abismo
La audacia de los amantes crecía con cada encuentro exitoso, y con ella, la sombra de la imprudencia. Una noche, la necesidad de verse fue tan acuciante, el anhelo tan insoportable, que decidieron arriesgarse más que nunca. El punto de encuentro fue la propia casa de Patro, en el Cortijo del Marqués de la Guidilla. Sus padres habían ido a un pueblo vecino a velar a un pariente enfermo, y la casa, por primera vez en mucho tiempo, estaba vacía. Era una locura, un desafío directo a la autoridad del Capitán Urdiales, cuyas patrullas rondaban el cortijo con una frecuencia cada vez mayor. Pero el deseo, ciego y sordo a la razón, los empujó a cometer el error que estuvo a punto de costarles la vida.
Antonio llegó al amparo de la oscuridad, deslizándose entre las sombras como un fantasma. Patro lo esperaba en la puerta trasera, con el corazón desbocado por una mezcla de miedo y excitación. Por unas horas, la humilde casa de los caseros se convirtió en el palacio de un amor prohibido. Se amaron con la urgencia de quienes saben que el tiempo es un lujo que no poseen, con la ternura de quienes han encontrado en el otro su único refugio. En la pequeña alcoba de Patro, bajo la luz temblorosa de un candil, se olvidaron del mundo, de los peligros que los acechaban, de la espada de Damocles que pendía sobre sus cabezas.
Pero el destino, o quizás la malicia del Capitán Urdiales, tenía otros planes para ellos. Uno de los guardias, apostado en una colina cercana con un catalejo, observó una luz inusual en la casa de los Román. Extrañado, ya que sabía que la familia estaba fuera, decidió acercarse a investigar. Al ver la silueta de un hombre a través de la ventana, un hombre que no era el viejo Román, corrió a dar aviso al capitán.
Urdiales, que se encontraba en el cuartel de Estepa, recibió la noticia con una sonrisa de triunfo. Por fin. Su paciencia, su red de vigilancia, su acoso constante, habían dado sus frutos. Iba a atrapar a "el Tobero" y a su amante en la misma ratonera. Montó en su caballo y, seguido por una docena de sus mejores hombres, se dirigió al cortijo a toda velocidad.
El ladrido insistente de un perro fue la primera señal de alarma. Antonio, cuyo instinto de supervivencia estaba siempre alerta, se incorporó de un salto. Se asomó a la ventana y vio, a lo lejos, el resplandor de varias antorchas que se acercaban a la casa. No había tiempo que perder.
—¡La Guardia Civil! —susurró, mientras se vestía a toda prisa—. ¡Nos han descubierto!
El pánico se apoderó de Patro. Estaban atrapados. La casa estaba rodeada. No había escapatoria posible. Pero Antonio, en los momentos de mayor peligro, era cuando su mente funcionaba con una claridad asombrosa.
—¡Los tejados! —dijo, señalando una pequeña ventana en el techo de la alcoba—. ¡Es la única salida!
Subió a una silla y, de un empujón, abrió la ventana. Ayudó a Patro a subir y luego la siguió. Se encontraron en el tejado de la casa, bajo un cielo estrellado que parecía burlarse de su desesperación. A lo lejos, oían ya los gritos de los guardias civiles y el ruido de las puertas al ser derribadas.
Comenzó una huida desesperada, una carrera a vida o muerte por los tejados de las casas del cortijo. Saltaban de un tejado a otro, sus pies resbalando en las tejas húmedas por el rocío de la noche. Abajo, el caos. Los guardias, al verlos, empezaron a disparar. Las balas silbaban a su alrededor, rompiendo las tejas, haciendo saltar astillas de las vigas de madera.
Antonio, que conocía aquellos tejados como la palma de su mano desde sus tiempos de niño travieso, guiaba a Patro, protegiéndola con su propio cuerpo. Llegaron al final del cortijo, al borde de un pequeño acantilado que daba a un olivar. Era un salto de varios metros, un salto al vacío. Pero era la única opción.
—¡Confía en mí! —le gritó Antonio, por encima del estruendo de los disparos.
La tomó en sus brazos y saltó. Cayeron sobre la tierra blanda del olivar, rodando por la pendiente. Se levantaron, magullados y sin aliento, y corrieron a perderse en la oscuridad del olivar, mientras los gritos de frustración del Capitán Urdiales resonaban a sus espaldas.
Habían escapado. Por los pelos. Pero el precio de aquella huida había sido demasiado alto. Ya no había vuelta atrás. El secreto había salido a la luz. Su amor, antes clandestino, se había convertido en un delito a los ojos de la ley. Estaban al borde del abismo, y sabían que el próximo paso, inevitablemente, sería la caída.