# Capítulo 8: El Acoso de Urdiales

La ruptura de su compromiso con Rafael, lejos de traerle la paz que anhelaba, sumió a Patro en un nuevo y más peligroso laberinto. Su familia, aunque decepcionada y preocupada por las consecuencias económicas, acabó por aceptar su decisión, incapaces de forzarla a un matrimonio que a todas luces la hacía desgraciada. Pero la noticia no tardó en llegar a oídos del Capitán Urdiales, y lo que para Patro era un acto de liberación, para él fue una invitación, una puerta abierta para intensificar su asedio.

Urdiales, que había orquestado la cobardía de Rafael, se presentó en el cortijo de los Román con la máscara de la preocupación y la oferta de una ayuda envenenada. Habló con el padre de Patro, un hombre ya vencido por la enfermedad y las deudas, y le ofreció un trato que no podía rechazar: él se haría cargo de la protección de la familia, les garantizaría la seguridad del cortijo y les proporcionaría los recursos necesarios para salir adelante. A cambio, solo pedía una cosa: la mano de Patro en matrimonio.

Para el padre de Patro, la oferta del capitán era una tabla de salvación en medio de un naufragio. Para Patro, era una condena a muerte. Se enfrentó a su padre, le suplicó, le rogó que no la vendiera de esa manera. Pero el viejo Román, con el alma rota y la mirada nublada por la desesperación, solo acertó a decir:

—Es por tu bien, hija. El capitán es un hombre poderoso. A su lado, nadie se atreverá a hacerte daño. Ni a ti, ni a nosotros.

Patro comprendió entonces que estaba sola. Su propia familia, movida por el miedo y la necesidad, se había convertido en su carcelera. Pero no estaba dispuesta a rendirse. Se enfrentó al Capitán Urdiales con la misma valentía con la que se había enfrentado a los bandoleros en el camino de Olvera.

—Nunca me casaré con usted, capitán —le dijo, su voz firme y clara como el agua de un manantial—. Prefiero la muerte a ser su esposa.

Urdiales, lejos de ofenderse, sonrió. Una sonrisa fría y calculadora que le heló la sangre a Patro.

—La muerte es una solución muy drástica, mi querida Patro. Hay otros destinos peores que la muerte. La cárcel, por ejemplo. He sido muy paciente con sus negocios de estraperlo, pero mi paciencia tiene un límite. Si no acepta mi propuesta por las buenas, tendrá que hacerlo por las malas.

El acoso se volvió insoportable. Urdiales la seguía a todas partes, como una sombra siniestra. Sus hombres registraban sus pertenencias, interrogaban a sus clientes, saboteaban sus ventas. Cada día, la soga se apretaba un poco más alrededor de su cuello. Patro se sentía atrapada, asfixiada, sin escapatoria posible.

En sus encuentros secretos con Antonio, intentaba ocultar la gravedad de la situación. No quería preocuparlo, no quería que cometiera una locura por ella. Pero Antonio no era tonto. Veía la angustia en sus ojos, la palidez de su rostro, la tensión en cada uno de sus gestos.

—¿Qué te ocurre, Patro? —le preguntó una noche, mientras la abrazaba junto a las ruinas del viejo molino—. No eres la misma. Hay un miedo en tu mirada que antes no existía.

Patro se derrumbó. Lloró en sus brazos como una niña, y le contó todo: la ruptura con Rafael, la propuesta de Urdiales, el chantaje, el acoso, la desesperación de su familia. Antonio la escuchó en silencio, su rostro endureciéndose a cada palabra, sus manos apretándose en puños de rabia.

—Ese malnacido... —masculló, su voz un gruñido sordo—. Juro que lo mataré. Juro que lo arrancaré de tu vida aunque sea lo último que haga.

—No, Antonio, no —le suplicó ella, aferrándose a él—. No puedes hacer eso. Si lo matas, te convertirás en un asesino. Y yo no quiero amar a un asesino. Prométeme que no harás ninguna locura. Prométemelo.

Antonio la miró a los ojos, y en ellos vio el reflejo de su propia alma, un alma que luchaba por no dejarse arrastrar por el odio y la sed de venganza. Por ella, por el amor que sentía por ella, estaba dispuesto a contener a la bestia que Urdiales había despertado en su interior. Pero sabía que la tregua no duraría para siempre. El capitán había ido demasiado lejos. Había declarado una guerra, y en esa guerra, solo podía haber un vencedor. Y Antonio no estaba dispuesto a ser el perdedor. No cuando el premio era la libertad y la felicidad de la mujer que amaba.

La historia continúa...