Capítulo 7: La Promesa Rota
Para Patro, los días que siguieron a su encuentro secreto con Antonio fueron un torbellino de emociones encontradas. La alegría clandestina de saberse amada por el bandolero se mezclaba con la angustia de su situación. Cada vez que pensaba en Antonio, en sus ojos tristes y en su sonrisa sincera, un calor reconfortante le recorría el cuerpo. Pero la realidad, cruda y despiadada, no tardaba en imponerse, recordándole la promesa que la ataba a Rafael y a un futuro que aborrecía.
La presión de su familia, aunque sutil, era constante. Su madre, con la mirada cargada de preocupación, le recordaba a menudo las bondades de los Hidalgo, la familia de Rafael, y la seguridad que aquel matrimonio les proporcionaría. Su padre, un hombre de pocas palabras pero de profundos sentimientos, la observaba en silencio, consciente de la infelicidad de su hija, pero atrapado, como ella, en una red de deudas y gratitudes de la que no sabían cómo escapar.
—Rafael es un buen muchacho, hija —le decía su madre mientras cosían juntas al atardecer—. Tiene sus defectos, como todos los hombres, pero viene de una buena familia. Nunca te faltará de nada a su lado.
Patro apretaba los labios y asentía, incapaz de confesarle a su madre que preferiría la más absoluta de las miserias a una vida junto a un hombre al que no amaba, a un hombre que representaba todo lo que ella despreciaba: la pereza, la falta de ambición, la cobardía. Su corazón le pertenecía a otro, a un hombre que vivía al margen de la ley, a un hombre que, a pesar de ser un ladrón, poseía más nobleza y dignidad que todos los señoritos de la comarca juntos.
Los encuentros secretos con Antonio se convirtieron en su único refugio, en el único momento en que podía ser ella misma, sin máscaras ni fingimientos. Se veían en lugares apartados, al amparo de la noche: en las ruinas de un viejo molino, en un claro del bosque, junto a la fuente que manaba en el corazón de la sierra. En esos breves instantes robados al destino, el mundo exterior desaparecía. Solo existían ellos, sus manos entrelazadas, sus susurros, sus besos cargados de una pasión desesperada.
—Huye conmigo, Patro —le decía Antonio, su voz un ruego apasionado—. Dejemos todo atrás. Nos iremos lejos, a un lugar donde nadie nos conozca, donde podamos empezar de nuevo. Juntos.
La tentación era inmensa. La idea de una vida junto a Antonio, libre de las ataduras de su compromiso y de las presiones familiares, era un sueño por el que habría dado cualquier cosa. Pero la realidad, una vez más, se imponía con una crueldad implacable.
—No puedo, Antonio —respondía ella, con el corazón roto—. No puedo abandonar a mi familia. Mi padre está enfermo, mi madre apenas puede con el trabajo del cortijo. Si me voy, ¿qué será de ellos? La familia de Rafael les retiraría su ayuda, y se quedarían en la más absoluta de las miserias.
Antonio comprendía sus razones, pero la impotencia lo consumía. Él, que se enfrentaba sin miedo a la Guardia Civil, que desafiaba a los hombres más poderosos de la comarca, se sentía incapaz de liberar a la mujer que amaba de las cadenas invisibles que la aprisionaban.
Una tarde, mientras regresaba de uno de sus encuentros con Antonio, Patro se topó con Rafael en la entrada del cortijo. Su prometido, con los ojos inyectados en sangre y el aliento apestando a vino, la sujetó por el brazo con una fuerza que la lastimó.
—¿Dónde estabas? —le espetó, su voz cargada de una agresividad que Patro no le conocía—. Te he estado buscando por todas partes. ¿Acaso te crees que puedes hacer lo que te venga en gana? ¡Todavía no eres mi esposa, pero me debes un respeto!
Patro se soltó de su agarre con un movimiento brusco, su mirada encendida de ira.
—¡No vuelvas a ponerme una mano encima, Rafael! —le advirtió, su voz temblando de rabia—. Y no, no te debo ningún respeto. El respeto se gana, y tú, con tu pereza y tu cobardía, no has hecho nada para merecer el mío.
La bofetada resonó en el aire quieto del atardecer. Patro se llevó la mano a la mejilla, más sorprendida por el acto en sí que por el dolor. Rafael, al darse cuenta de lo que había hecho, retrocedió un paso, su rostro pálido de repente.
—Patro, yo... no quería...
Pero ella ya no lo escuchaba. Aquella bofetada había sido la gota que colmaba el vaso. La promesa que la ataba a aquel hombre se había roto en mil pedazos. En aquel instante, supo que no se casaría con él. Aunque tuviera que enfrentarse a su familia, aunque tuviera que huir y vivir en la clandestinidad, no iba a permitir que nadie, nunca más, le pusiera una mano encima. Su destino, a partir de ese momento, le pertenecía solo a ella. Y estaba dispuesta a luchar por él, con la misma fiereza con la que luchaba por su amor prohibido. Un amor que, ahora más que nunca, se había convertido en su única esperanza de libertad.