Capítulo 19: Duelo al Sol

La iglesia, antes un lugar de celebración, se había transformado en una arena silenciosa. Los invitados, aterrorizados, se acurrucaban en los bancos, mientras los hombres de Antonio mantenían a raya a los pocos guardias que quedaban. En el centro, bajo la mirada policromada de los santos de madera, solo quedaban dos hombres: Antonio y Urdiales. El bandolero y el capitán. El amor y el odio. La justicia y la tiranía.

—Esto se acaba aquí, Urdiales —dijo Antonio, su voz resonando con la solemnidad de una sentencia—. Demasiada sangre ha derramado, demasiada miseria ha causado. Es hora de que pague por sus crímenes.

—¿Crímenes? —rió Urdiales, con una risa desquiciada—. Yo soy la ley. Y tú, un simple ladrón. Un ladrón que me ha robado lo que es mío.

Sus ojos se posaron en Patro, que seguía al lado de Antonio, su mano aferrada a su brazo. La mirada del capitán era una mezcla de deseo y de un odio tan profundo que helaba la sangre.

—Ella nunca fue tuya, Urdiales. Y nunca lo será —dijo Patro, su voz firme y clara, despojada de todo miedo.

La respuesta de Patro fue la chispa que encendió la pólvora. Urdiales, ciego de rabia, se abalanzó sobre Antonio, su sable trazando un arco mortal en el aire. Antonio, más ágil, lo esquivó con un movimiento rápido y, en lugar de disparar su trabuco, lo arrojó al suelo.

—No voy a matarte como a un perro, capitán —dijo, desenvainando la navaja que siempre llevaba al cinto—. Vamos a luchar como hombres. Si es que sabes lo que eso significa.

Comenzó un duelo a muerte, una danza macabra entre el acero del sable y el de la navaja. Urdiales, a pesar de su cojera, era un espadachín experimentado, y sus estocadas, rápidas y precisas, buscaban el corazón de Antonio. Pero Antonio, curtido en mil peleas callejeras y emboscadas en la sierra, se movía con una agilidad felina, esquivando los golpes, buscando el hueco en la defensa de su oponente.

El ruido de los aceros chocando era el único sonido que se oía en la iglesia. Los hombres de Antonio, respetando el código no escrito del duelo, no intervinieron. Patro, con el alma en vilo, observaba la lucha, rezando en silencio a la Virgen de los Remedios, la misma virgen que, según la leyenda, había salvado a otro bandolero de Estepa en un momento de apuro.

La lucha era encarnizada. Ambos hombres estaban heridos. Un corte en el brazo de Antonio teñía de rojo la manga de su camisa. Urdiales, con un arañazo profundo en la mejilla, jadeaba de esfuerzo y de rabia. El final estaba cerca. Se notaba en la desesperación de los ataques de Urdiales, en la concentración helada de la mirada de Antonio.

El desenlace llegó de forma inesperada. Urdiales, en un ataque de furia, lanzó una estocada tan violenta que, al ser esquivada por Antonio, perdió el equilibrio por un instante. Fue el único error que cometió, pero fue un error fatal. Antonio aprovechó esa milésima de segundo para lanzarse sobre él. No usó su navaja. Usó sus manos, su cuerpo, la fuerza de la desesperación.

Rodaron por el suelo, entre los bancos de madera. Urdiales, a pesar de su herida, logró zafarse y ponerse en pie. Pero cuando se giró para rematar a su enemigo, se encontró con la boca de su propio sable apuntando a su garganta. Antonio, con una agilidad increíble, se lo había arrebatado en la caída.

—Se acabó, capitán —dijo Antonio, su voz un susurro helado.

Urdiales lo miró con los ojos desorbitados por el terror. El hombre que se creía invencible, el hombre que se creía la ley, estaba a merced de un bandolero. Suplicó, lloró, ofreció dinero, poder, todo lo que tenía. Pero en los ojos de Antonio no había piedad. Solo justicia.

—Usted no merece la muerte rápida de un duelo, capitán —dijo Antonio, y su voz era el eco de todas las víctimas de Urdiales—. Merece vivir. Vivir con la humillación de su derrota. Vivir sabiendo que el pueblo al que aterrorizaba ya no le tiene miedo. Vivir sabiendo que la mujer a la que intentó someter, es libre.

Y con un movimiento rápido, Antonio no le cortó el cuello. Le cortó los tendones de la mano con la que empuñaba el sable, la mano con la que había firmado sentencias de muerte y órdenes de tortura. Urdiales aulló de dolor, un aullido que fue ahogado por el grito de júbilo que brotó de las gargantas de los invitados, del pueblo de Estepa, que, al ver la derrota del tirano, había perdido el miedo.

Antonio se puso en pie, ayudado por Patro. Juntos, salieron de la iglesia, abriéndose paso entre la multitud que ahora los aclamaba como héroes. El sol, que se había ocultado tras las nubes durante la lucha, brilló de nuevo, iluminando la plaza. El duelo al sol había terminado. Y la libertad, por fin, había triunfado.

La historia continúa...