Capítulo 4: La Sombra del Capitán
Mientras Patro se alejaba de la emboscada con el corazón dividido entre el miedo y una extraña fascinación, en Estepa, el Capitán Antonio Urdiales rumiaba su frustración. Urdiales era un hombre de mediana edad, de cuerpo enjuto y rostro afilado, en el que destacaban unos ojos pequeños y fríos como el hielo. Su uniforme de la Guardia Civil, siempre impecable, era el símbolo de un poder que ejercía con mano de hierro, un poder que a menudo confundía con la justicia.
Desde que había llegado a Estepa, se había propuesto dos objetivos: acabar con la partida de "el Tobero", cuya audacia y popularidad entre el pueblo llano consideraba una afrenta personal, y conquistar a Patro, "la niña de Román", cuya belleza y altivez habían despertado en él una obsesión enfermiza. Para Urdiales, Patro no era solo una mujer hermosa, era un trofeo, un símbolo de estatus que ansiaba poseer para reafirmar su dominio sobre la comarca.
Aquella mañana, mientras patrullaba por las calles polvorientas de Estepa, seguido por una escolta de guardias civiles que lo temían más que lo respetaban, Urdiales vio a Rafael, el prometido de Patro, saliendo de una taberna con andares vacilantes y la mirada perdida. Una sonrisa de desprecio se dibujó en los labios del capitán. Aquel joven vividor era la llave que le abriría las puertas del corazón de Patro, o al menos, eso creía él.
—Buenos días, Rafael —lo saludó con una falsa amabilidad que no logró ocultar el tono de burla en su voz—. ¿Celebrando por adelantado su boda con la bella Patro?
Rafael, aturdido por el vino y por la presencia imponente del capitán, balbuceó una respuesta ininteligible.
—Es una lástima que una mujer como ella tenga que cargar con un hombre como usted —continuó Urdiales, su voz ahora convertida en un susurro amenazador—. Un hombre que no sabe valorar la joya que tiene entre manos. Un hombre que no sabe protegerla.
El capitán se acercó a Rafael hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros. El aliento a vino del joven le revolvió el estómago.
—He oído que su prometida se dedica a ciertos negocios... ilegales —dijo Urdiales, paladeando cada palabra—. Unos negocios que podrían llevarla a la cárcel por mucho tiempo. A menos, claro está, que alguien con poder e influencia interceda por ella.
Rafael lo miró con los ojos desorbitados por el pánico. La amenaza era clara. Urdiales estaba utilizando el estraperlo de Patro como un arma para sus propios fines.
—Yo podría ser ese alguien, Rafael. Yo podría hacer la vista gorda con los negocios de Patro. Incluso podría ayudarla a prosperar. A cambio, solo pido una cosa: que usted desaparezca de su vida. Que rompa su compromiso y se marche de Estepa. Para siempre.
El joven, cobarde por naturaleza y ahora aterrorizado por las amenazas del capitán, asintió sin dudarlo. La idea de librarse de un matrimonio que nunca había deseado, y de paso, evitar la ira de Urdiales, le pareció un trato más que justo.
Satisfecho, el capitán se alejó, dejando a Rafael temblando en medio de la calle. Ya había movido la primera ficha. Ahora solo tenía que esperar el momento oportuno para presentarse ante Patro como su salvador, como el único hombre capaz de protegerla de la ley que él mismo representaba. Una ley que retorcía a su antojo, convirtiéndola en un instrumento de su propia tiranía. La sombra del capitán se cernía sobre Patro, una sombra oscura y pegajosa de la que le sería muy difícil escapar.