# Capítulo 2: La Niña de Román

En el otro extremo de la comarca, en una casa humilde pero pulcra del Cortijo del Marqués de la Guidilla, Patro, a quien todos llamaban "la niña de Román" a pesar de haber dejado atrás la niñez hacía ya varios veranos, se preparaba para un viaje que le helaba la sangre y, al mismo tiempo, le encendía el alma de determinación. A sus veintidós años, Patro poseía una belleza serena y una fortaleza que desmentían la delicadeza de sus rasgos. Sus ojos, del color de la miel al sol, reflejaban una inteligencia vivaz y una voluntad de hierro, forjada en la fragua de la necesidad.

Su familia, caseros del cortijo, eran gente buena y trabajadora, de esas que parten el pan con quien no tiene y ofrecen su casa al peregrino cansado. Pero la bondad no llenaba la despensa, y las malas cosechas de los últimos años habían dejado a la familia en una situación precaria. Fue entonces cuando Patro, viendo la desesperación en los ojos de su padre, decidió tomar las riendas de su destino. Con la ayuda de un viejo arriero amigo de la familia, se inició en el peligroso mundo del estraperlo, un comercio clandestino que florecía a la sombra de los impuestos abusivos y las leyes injustas de los señoritos.

Aquella mañana, mientras el sol teñía de oro los campos de trigo, Patro terminaba de cargar su mercancía en un compartimento secreto de la diligencia que cubría la ruta de Estepa a Olvera. Encajes de Bruselas, tabaco de Gibraltar, finos paños de seda... artículos de lujo que, vendidos en el mercado negro, les permitirían sobrevivir un invierno más. Cada viaje era una apuesta a vida o muerte, un desafío a la autoridad del Capitán Urdiales y sus hombres, que patrullaban los caminos con la misma avidez con la que los buitres acechan a su presa.

—Ten cuidado, hija —le dijo su madre, una mujer menuda y de manos encallecidas, mientras le ajustaba el pañuelo en la cabeza—. El camino es traicionero, y el Capitán Urdiales tiene ojos en todas partes.

Patro forzó una sonrisa para tranquilizarla, aunque por dentro sentía un nudo de aprensión. No era solo el capitán lo que le preocupaba. También estaba Rafael, su prometido. Un compromiso forzado, un acuerdo entre familias para unir la decencia de los Román con el dinero de los Hidalgo. Rafael era un joven apuesto, sí, pero con el alma hueca y las manos demasiado suaves para el trabajo. Un vividor que prefería el calor de las tabernas al de un hogar, y cuya única ambición era gastar la fortuna de su padre. Para Patro, casarse con él era como vender su alma al diablo, una jaula de oro que la asfixiaría lentamente.

—No te preocupes, madre. Sé cuidarme sola —respondió, y en su voz había una firmeza que no admitía réplica.

Se despidió de su familia con un abrazo rápido y subió a la diligencia. Mientras el carruaje se ponía en marcha, levantando una nube de polvo a su paso, Patro se aferró al pequeño crucifijo de plata que colgaba de su cuello. No era una mujer especialmente piadosa, pero en aquellos momentos de incertidumbre, cualquier ayuda divina era bienvenida. Miró por la ventanilla el paisaje familiar de su infancia, los olivos retorcidos por el tiempo, las colinas suaves y onduladas, y se preguntó si algún día podría ser dueña de su propio destino, si algún día podría elegir el camino de su vida sin tener que vender su libertad a cambio de seguridad.

El viaje transcurrió con una calma tensa. Cada sombra en el camino, cada ruido inesperado, hacía que su corazón diera un vuelco. Sabía que los bandoleros solían actuar en aquella zona, pero hasta ahora, la suerte siempre había estado de su lado. Sin embargo, aquella mañana, un presentimiento oscuro se había instalado en su pecho, una premonición de que aquel viaje cambiaría su vida para siempre. Y no se equivocaba. A medio camino de Olvera, en un recodo del camino flanqueado por peñascos y matorrales, la diligencia se detuvo con una brusquedad que la lanzó contra el asiento de enfrente. El grito del cochero, ahogado por el estruendo de un disparo, confirmó sus peores temores. Habían caído en una emboscada.

La historia continúa...